Crónica del sismo 2

Pablo Noriega

Después de un evento para México como lo fue el de finales del mes pasado, hay mucho que decir. Hay tristeza, dolor, rencor y enojo, pero también hay esperanza. Y aún al día de hoy, aunque hubo movimientos que fueron mucho más allá de las placas tectónicas, retumbando en lo más profundo del ser social mexicano, hay gente que sigue sin tener nada y gente que sigue teniéndolo todo.

 

Puedo decir que desde el instante en que sentí el primer jaloneo que marcó el inició del sismo, supe que éste no era un movimiento cualquiera, nunca antes a mis 24 años había sentido con tanta fuerza moverse la tierra. El sentimiento inmediato posterior de los que estábamos en el centro de Coyoacán era el mismo: que no saldríamos inmunes de esto, que todos nos veríamos afectados. Y así fue.

 

Otro pensamiento se me vino a la cabeza al terminar el sismo: qué sorprendente paradoja que apenas dos horas con 14 minutos antes había tenido lugar el simulacro con el que cada año se conmemora el terremoto de 1985. Yo que siempre había cuestionado la pérdida de tiempo de los simulacros, me di cuenta de su necesidad en ese momento.

 

Con toda la red de comunicaciones caída durante todo ese día y el temor a que volviera una réplica igual de fuerte, me fui a refugiar a casa sin saber mucho de las repercusiones del sismo a falta de Internet y electricidad. Ya en la noche, cuando se empezó a restablecer la red de celular es que presencié el gran movimiento que se había gestado en las redes sociales y su poder de convocatoria. Una publicación tras otra solicitando ayuda en los lugar que fueron principalmente afectados. Lo mismo con las aplicaciones de mensajería instantánea, la formación de cadenas informativas acerca de lo que se necesitaba con urgencia y en dónde. Con las tecnologías de comunicación presencié otro fenómeno interesante; el hecho que la falta de información oficial y la desconfianza en el gobierno multiplicó los canales y redes de apoyo.

 

A la mañana siguiente fue cuando más fervor por ayudar había, y fue muy interesante ver cómo el sismo propició, entre muchos otros fenómenos, un encuentro generacional. Al mismo tiempo, sin dejar de formar filas para ingresar a los sitios del desastre, miles de ciudadanos se volcaron también en los centros de acopio de víveres y herramientas.

 

Lo sorprendente fue que llegó un momento (y todavía en la mañana) en donde los lugares afectados estaban saturados de ayuda, eran tanta que hasta sobraba. Saber eso me llenó de alegría y energía. El sismo del 19 de septiembre de 2017, ha sido la mayor muestra de poder colectivo que personalmente he podido presenciar. Si algo bueno trajo consigo ha sido demostrar la grandeza de la solidaridad de una sociedad cuando se organiza.

 

Somos los únicos seres vivos que tenemos un sentimiento particular ante la adversidad: la esperanza. Lo que nos hace humanos ante la catástrofe es sólo la posibilidad de la reconstrucción. Que no se olvide esa fuerza que somos capaces de darnos unos a otros; que no se olvide que juntos somos más fuertes.

Esta crónica es parte de una serie de 24 crónicas que publicaremos cada semana en inglés y español, www.24semanas.org. 

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