La Avenida Del Norte

Carmen Enid Acevedo Betancourt

Y con eso el gobierno, el calor, los impuestos, la vialidad, un tópico tras
otro, tres metros, otro lugar común, cinco metros, una frase
sentenciosa o una maldición contenida,
J. Cortázar, La Autopista del Sur 1966.

‘Yo espero que no dure más de dos semanas’. Yo espero que ni tres días’.
(Un hombre y una mujer #posthuracánmaría)

 

Esa mañana, tras ocho días de que la tormenta había sacudido al país y la destrucción era patentemente física, María Isabel se levantó a las cuatro de la mañana para ir al único puesto gasolinero cerca de su casa que le merecía seguridad y así llenar el tanque de su ‘tumbadrones’, la guagua más vieja habida entre su grupo de amigas pero la única que funcionaba en medio de calles inundadas o embestidas de arboles y zinc. Con el tanque lleno y el alma vacía de fuerzas, podría rehacer rutas de reconocimiento de la tragedia, constatar que la familia estuviera bien y visitar altares para tocar base con los amigxs y salir a trabajar en cualquier ayuda a los que en el interior de la Isla habían quedado atrapados entre lodo y las huellas de la deforestación natural. Los días anteriores habían transcurrido entre el temor y el hastío, el miedo y el dolor, la impotencia y un calor de 106 grados.

La toalla fría que utilizaba para pasarse entre pecho y cuello durante la noche, parecía llorar cuando la movió de ese espacio a la regadera de acero inoxidable donde volvió a estrujar sudor y lagrimas. La potente linterna que ya era prótesis de su mano derecha se había colocado de pie en la estufa para alumbrar las labores de limpieza de aquél pedazo de toalla, en algún momento amarillo, hoy marrón claro. La cocina recién remodelada lucía regada. Había perdido la impecabilidad de días anteriores. “Esta es una casa de huracán. No pidan más”, solía decir a quien llegaba procurando alcohol, comida y habladurías.

Lo cierto es que María Isabel nunca había tenido tanto reguero en el espacio que era solo controlado por ella ante sus pretensiones de chef. Después del 19 de septiembre, esa cocina, esa casa no eran las mismas. Poco parecía importar la forma. Solo lo evidente era importante. El país estaba sumido sumido en su crisis más profunda en los últimos 35 años. Un huracán categoría 4 o 5, dependiendo de quien lo dijera, azotó de norte a oeste, de una esquina, al centro, a la otra esquina. De este a oeste, de norte a sur.

Dos de los cinco refugiados que MI tenía en casa decidieron también ir a procurar gasolina. Los tres en un carro distinto. Desafiando el toque de queda que el gobernador de turno había hecho ley y que disponía que solo saldrían de cinco de la mañana a siete de la noche. En ese tiempo los dueños de la noche hacían su agosto mientras los ciudadanos como MI dormían temprano dejando de hacer, dejando de crecerse en la emergencia. Así como en las cárceles se apagan las celdas, cada cual en su casa, en su hipoteca, dormía sin sueño, rompía el silencio solo lanzando peos al aire. Otros improvisaban bohemias y la entonaban con un vaso de ron añejo del inventario puesto a disposición desde la barra del patio o la acera de turno. Los nuevos bares eran propiedad de todos, la acera de enfrente, el parque desaliñado, la placita a oscuras.

La vida del país cambió para siempre aquél 20 de septiembre. Los vecinos salieron a conocerse. Así daban cuenta las redes sociales. “Conocí a los vecinos de seis casas más abajo, de cuatro calles atrás....nunca en 22 años habíamos cruzado palabra. De un solo golpe, entre cuerpo y cuerpo, rostro y rostro, había roce, manos en el hombro, miradas de cariño y amor.

El comboy de ciudadanos salió de la zona de la Placita Roosevelt hacia la avenida Roosevelt, y de allí el puesto de gasolina Puma que ubicaba en el norte de esa avenida en San Juan. Antes del huracán era zona de restaurantes, de tiendas de decoración y muebles y algunos edificios destartalados iconos de la recesión económica que sufre el país caribeño.

A esa hora pensaron que no habrían más de tres carros. MI y sus secuaces esperaban hacer los turnos cuatro, cinco y seis. Ellos tenían cosas que hacer, ser solidarios, abrazar a sus familiares. Los demás tendrían que quedarse en sus casas a obedecer el toque, a respetar a la autoridad por aquello de que no tenían nada más que esperar a que los servicios quedaran reestablecidos , irse a trabajar, volver a la normalidad de sus días y esperar a que llegara el 2020 para decidir se los gobernantes merecían reelección desde el día de la tormenta hasta el día de la elección en noviembre de ese año con números de lotería.

Cuando la chofera de la tumbadrones acercó sus narices a la avenida, esquina Hostos, el corazón se le fue al culo. La cola de la gasolinera empezaba a dos pasos de su entrada, para ir a seguir hasta el final de la avenida del norte. Siguió dando la vuelta siguiendo la hilera de carros, justo en contra del transito para percatarse de que seguía por la Milla de Oro pasando por el edificio del Tribunal de Apelaciones a donde irían a parar los pleitos por las muertes en los hospitales del Estado - por el antiguo edificio del Citibank, por la esquina de las gordas de Botello donde está UBS – el de los bonos del gobierno de Puerto Rico donde mordieron las aves de carroña para dejar al Sistema de Retiro insolvente – seguido por el área del puente que construye el Banco Popular – el mismo que retiene los dineros de la nomina del gobierno después de que desapareció el Banco Gubernamental de Fomento – para ir a terminar al frente de la mole del Coliseo de Puerto Rico, mejor conocido como Choliseo, ese por cuya construcción sin planificar también se emitió deuda y se levantó con manos mexicanas, trabajadores indocumentados explotados por el contratista de turno. Todo en el Rosellato de los 90, en el tiempo del padre del incumbente de hoy. Como si la herencia del poder se escribiera en varilla y cemento, agua e inundación, deforestación y tala a diestra y siniestra. Como si así lo hubiera traído el aviso de tormenta en el maldito Doppler.

“Por poco nos toca en frente a la Comisión Estatal de Elecciones. Eso nada más faltaba ¡carajo! Comentó en un texto Sonia, cuando se colocó segundo de su amiga en la fila hacia la gasolinera. Atrás de los vehículos del trio que buscaba gasolina, había quedado un maltratado por María edificio de la CEE, donde al momento trabaja toda la parentela cercana de la ex secretaria del Departamento de Estado y ex senadora novoprogresista, Norma Burgos. MI y sus refugiados, dos de ellos profesores universitarios por contrato en la UPR y ella planificadora de profesión, estaban desempleados justo en aquél momento en que la tormenta arrasó el país. Pensar en tener de frente el fantasma de Norma Burgos, sus hijos, sobrinos y nueras bien pagos, le movía hasta el verde de las tripas.

Apagados los autos, MI desmontó del suyo para advertirle a sus amigos que iría a hablar con quien pudiera decirle a las 4:25 de la mañana, cual era el status de la gasolina en el puesto donde también llenaban sus tanques los empleados de seguridad de la Jurisdicción de Estados Unidos en Puerto Rico que tienen su centro un edificio en la avenida Chardón. Allí no escasearía el combustible. En ese edificio, donde los jueces juran defender la Constitución de EEUU, fue que las autoridades del gobierno de Ricardo Roselló anunciaron que aquélla emergencia sería materia de “colaboración con las fuerzas de EEUU”. Donde se decidió la federalización de la emergencia. La segunda vuelta a la invasión del 1898, casi dos siglos más tardes. La segunda vez en que serían los militares los que repartirían jamón y galletas Export Soda. La primera vez fue ante el paso de San Ciricaco en el 1899, a un año de la
invasión.

Justo en frente a la ‘tumbadrones’ estaba la ‘pick up’ de un revendón de viandas. “Platanos de aquí y aguacates de allá”, se escribe con puño y letra en el cristal trasero como “trade mark” de una actividad diaria con la que se gana la vida y que se ha visto interrumpida porque “no hay gasolina, no hay diesel..no puedo llegar a la Plaza del Mercado a recoger mercancía. Esto es un caos”.

       - ¿Y hay gasolina?
       - Pues claro...ahí es que echan los americanos. En esa no falla. Hay hasta diesel. Yo salí de casa pensando en           que no había gente. Tu sabe que aquí nadie madruga...que aquí somos pocos los que trabajamos a las cuatro           de la mañana....Pero coñazo me equivoqué. Esta fila si que es larga.

María Isabel se dispuso preguntarle a más gente antes de volver con noticias donde Sonia y Pascual. Al termino de la conversación con el verdurero tiró un ojo a su guagua y a sus amigos, para encontrar que ya no eran los últimos en la fila. La fila pasaba de la CEE y amenazaba con dar la vuelta para encontrarse de frente al Tribunal Federal. La necesidad de combustible obligaba a los ciudadanxs a mirar y repasar esas instituciones en aquél caótico momento. La historia del país estaba en vitrina a expensas de quien la observara, de quien la reflexionara.

Los dueños de la fila se bajaron de sus carros. Sacaron sillas de playa, butacas de comedor, neveritas de playa con líquidos muy precisados en esos “vasos en colores” con los que disimulaban tomar café o refresco. “Cualquier hora es buena para una Heineken”. ¿Y la Ley Seca? “Ja, que venga el guardia a arrestarme”. El desafío a la Ley impuesta en unión a un Toque de Queda, debía de hacerse con todo y propaganda cervecera “Vale un millón”. No hay límites, como si las situaciones que cada uno vivía en aquélla emergencia, sin saber cómo se mueve y vive uno después de “que lo tenía todo y todo lo perdí en un par de horas”.

Mientras caminaba, María Isabel hacía inventario de la razón por la que a esa hora de la madrugada, deambulaba entre salas improvisadas con todo y butacas, un hombre, una mujer y un niño dormido en uno de los regazos; orillas de playa sin arena con una pareja en sus respectivas sillas, ataviados de cortos y hawaiianas color neón y pintadas de palmeras. Contrario a otros eventos multitudinarios en el país, no había boombox de sonido conectados por bluetooth al ritmo regaetón o a la salsa gorda. Había quien se mantenía en su auto con audífonos y mirada fija en su celular. Los niños sentados atrás miraban películas en DVD y otros, blanquitos y regordetes, miraban espantados por los cristales con la huella de las galletas en las bembas.

      - Permiso, dijo MI a una conductora que hacía una segunda fila al lado izquierdo. ¿Y esta fila? “Es la de los    empleados federales”, contestó la mujer bajando su cristal a tres cuarto, ataviada de gafas oscuras y fatiga de militar.

La fila de los “federales” también era de médicos y empleados de profesiones de salud debidamente identificados. La Policía de Puerto Rico, militares y empleados de agencias de seguridad, eran los vigilantes del orden en las gasolineras. A esos lugares había quedado rezagada su función de seguridad de estado. A velar por el orden de la fila, porque la histeria, el desasosiego y el cansancio no se en convirtiera en violencia. El ratero que aprovechó para vandalizar comercios seguía a sus anchas. El pito y la macana estaban en la fila de la gasolina. El narco redoblaba sus esfuerzos para organizarse y entrar y distribuir su producto al país y las aves de carroña de contratistas del partido en el poder, afilaban sus lápices. Para esos, no hay vigilancia.

“Yo llegué a las dos de la mañana Doña”, dijo un hombre de unos 40 años sentado en el bonete de su camioneta blanca. “Tengo que ir hoy a Morovis a saber de mi abuela. Estoy cagao de que a la viejita se le haya ido la casa y quiero saber de ella. No quiso venirse conmigo acá y la pasó allí con su novio de 77 años. Ella tiene 86 y parece que tiene 60, manda y va”

La historia de aquél hombre, con un tatuaje en el brazo izquierdo de un corazón de Jesús y otro en el hombro derecho que lee “perdón madre mía”, le pareció a MI sacado de un guión de película de Almodóvar. Solo faltaba que le dijera que su abuela fumaba marihuana o inhalaba ‘perico’ y que había mantenido apasionadas relaciones con su novio, previo al huracán, lo que había dejado solo para contestar la llamada del nieto sanjuanero.

“Si su abuela tiene novio a los 82, seguro la encuentra con vida aunque se le haya ido la casa. Cuando a esa edad una pone corazón y cuerpo en otra persona, ni un huracán la derrumba. Esa lo entierra a usted”, dijo MI, agarrando con su mano izquierda el Corazón de Jesús dibujado en el cuerpo del hombre como si tocándolo le enviara buenas vibras a la vieja en Morovis. Como si tocando la imagen de culpa de aquél nieto, tatuado y arrepentido, supiera que la vieja se encontraba vivita y coleando entre las ruinas de su cuarto de dormitorio. Pero nunca derrotada en alma,
corazón y vida.

Mientras MI caminaba buscando respuestas entre los transeúntes, la vida que había tenido los dos años previos pasaban como una película por su mente. Vivía el día a día, viajaba cuanto podía y había acicalado su casa como si fuera a ponerla en venta. Contrario a la octogenaria de Morovis hacía rato no sentía la caricia de una pareja y aquél huracán no le había quitado las ganas de tener buen sexo. Y aún así, “estoy bien pal tiempo. Si este país sale de esta, como saldrá, ya nunca va a volver a ser el mismo. Ni yo tampoco”.

Entre carro y carro recordaba como las ráfagas del viento de aquél 20 de septiembre, le habían devuelto el miedo. Como si cada auto fuera una réplica de aquél día, un regreso a las horas de angustia y taquicardia. Continuaba caminando secando su sudor y con el pelo pillado a la altura de su cabeza con un ‘clip’ de plástico, cuando la puerta de un Porshe se abrió casi anotándose su espinilla derecha. ¡Puñeta!, gritó para dar con que el pie que salía con delicadeza de aquél deportivo estaba vestido de un ‘stiletto’ color rojo. A la vista de un poco más arriba, unas batatas poderosas y más arriba de las rodillas, bruscas y anchas, unos muslos que parecían vivir atrapados en la máquina 8 del gym de la misma Avenida del Norte. “Pardon my french darling’, dijo al seguir el curso de la mirada por el frente de aquél cuerpo y toparse con las tetas de aquélla mujer, con rostro de Duquesa del Alba y cuerpo de Malena, la actriz italiana por quien solía suspirar MI en una tarde de cine dominical.

“Nena, buen día ¿y esto de qué va?”, preguntó el mujeron con voz de Carlitos Colón cuando sale de su pelea a contestar preguntas de periodistas deportivos. “Pues va de fila interminable amor y no de los cupones en la Parada 18. Si a las 4:45 estás a la altura del Citibank, dime a qué hora te levantaste para ponerle cariño a ese cuerpo. ¡Estás exacta!

‘Menos pregunta Dios y perdona linda. Aquí desde la 1AM. Y no, no salí de trabajar por si acaso....antes de que me tires el prejuicio. Este carro me lo compró mi marido, que precisamente trabaja en ese banco como oficial de finanzas. Y te lo digo porque ya a él no le importa que el mundo sepa que su esposa es una trans’.

“Pero carajo si no tenías que confesarme nada. Cual era la necesidad. Aquí solo te he ligado porque así soy. Me rindo ante la belleza, unas buenas piernas y un par de tetas exactas..que ya se que no son tuyas, son del buen cirujano que las moldeó. Ay dio, que mucho rollo en medio de una fila pa la gasolina cará. Hasta confrontarme con mi propia macharranería y confesarlo”.

Ambas se soltaron una carcajada y se abrazaron como si fueran amigas. Terminaron de contarse un par de historias y volvieron cada una a sus puestos. MI de caminante y Virgen Pura de chofera de un “Buster” blanco del 2017, en espera de la ansiada gasolina. La que le daría soltura a su imaginación, perpetuaría su identidad de mujer chic, la ayudaría a subirse un poco la autoestima y a volver a la rutina que llevaba antes del huracán. “Si llego a saber que vivir en el Trópico me debaparaba esta lata, le habría pedido a Ricky que me sacara a Suiza”.... Jajajajaaj, más risas entre las nuevas amigas que hasta el numero de cel intercambiaron.

MI quedó tan impresionada con el cuerpo de la mujer que tuvo que voltear la cabeza para tratar de reconocer la cara de VP. Una melena en búcles le caía a los hombros. Unas gafas Prada escondían sus ojos. Le tiró un beso y la respuesta fue un guiño y un beso lanzado al viento pero en dirección de su rostro. ”Todavía es que me enamoro de la Trans. ¡Que vida la del Caribe carajo! Se repetía una y otra ve como si el mar y las palmeras definieran las mil y unas diversidades de aquél país decadente.

Los carros comenzaron a moverse cuando MI llegó a la esquina donde ubica la boca sur de la estación del Tren Urbano. Ya eran las cinco de la mañana. MI se paró en medio de la vía y vio como la fila de ‘gobierno’ se movía lentamente. Divisó la marquesina del puesto de gasolina y ya estaba encendida. .73$ marcaba el letrero de neón y una P distinguía al suplidor del combustible.

Dio media vuelta para regresar donde sus amigos. Volvió a divisar a la trans, peleando con alguien al teléfo. “No coño, no voy a subir a zingarte en la oficina..esta fila no la dejo Ricky. Hoy la dominicana me va a arreglar las uñas y tengo que llegar a su casa y también quiero ir a llevarle pastelitos a tu vieja y a mami. Necesito la gasolina”. Enganchó, bajó el cristal y le confió a MI, “jodio hombre bellaco, carajo”.

Más adelante una mujer le gritaba al hijo regordete, ‘nene, no hay más galletas Bimbo. Después me acusan en el colegio de que tienes obesidad infantil y que es por mi culpa. Ya llevas diez cajas de galletas. Sin contar los dos litros de leche que traíamos en la neverita”. Los cachetes del niño parecían dos bolas de billar. Al grito de su madre, miró fijamente a MI mientras hacía cucharitas de llanto. MI recordó los anuncios de los 80 de los niños de Biafra, con panzas de lombrices. Aquél niño tenía panza grade, si, pero de grasa, exceso de azúcar en el cuerpo de tanto comer. La publicidad había cambiado. Las imágenes no eran las mismas.

¿Qué te pasó?, Ah, hablando con una peli colorá despampanante me llevé el dedo con la puerta de su auto lujoso. Vi las estrellas, me recordé de mi madre y me cagué en Dios una vez más. No es solo el dedo gordo, cuando alzó el pies derecho, vio sangre en sus talones, en la planta del pies. La suela se había roto. Sangraba el camino. Había dejado la carne del caminar en la brea caliente. “Ea, y no me duele....es que solo quería saber, conocer y ya todo me ha marcado la piel. Así es este camino. Y eso estamos comenzando.

De repente la sangre le dio una sensación de estar viva..de que algo caliente corre por sus venas. En un país donde la gente parece no deja de ser quien es, ni porque el huracán destruyó el colectivo del centro, de la costa y de la urbe, aquélla línea espesa la devolvía a su origen.

Aquélla fila se alineó para ir a tirar a la cara de MI que todos son iguales después de la tormenta, de aquél derrumbe de todo. La caca siempre sale del cuerpo y alguna vez te toca la cara, las piernas, los brazos. Como en Utuado los de casas de madera y zinc. Como en Ocean Park los de casas de concreto y aire acondicionado central. Lo que sale para ambos en mierda.

La peste y lo verde de la plasta te pone la piel de gallina. Te dan arqueadas de vomito. Unos se llenan de lodo, otros de mierda pero todos embarrados se ven obligados a hacer la fila de la gasolina, para ir a monitorear más mierda. Montémonos. Sigamos en la fila.

Esta crónica es parte de una serie de 24 crónicas que publicaremos cada semana en inglés y español, www.24semanas.org.  

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